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Nace en Santa Fe (Argentina), en 1980.
Artista visual, cocinero y tea blender.
Licenciado en Bellas Artes en teoría y Crítica por la UNR (2006), Especialista en Alta Gastronomía por el Instituto de Gastronomía Argentino (2011) y Tea Designer por la Escuela Argentina de Té (2013).
Asiste al “Taller de cerámica de la Guardia” (2007/12), y al “Curso de alfarería en torno” en la EPAV “Juan Mantovani” (2013/5).
Se desempeña en la pintura, el dibujo y la alfarería. Comienza a vincularse al mundo del arte de la mano de proyectos con artistas amigos o colegas de su región.
Coordina “Marasca Trip Gallery”, una galería itinerante junto a Carlos Herrera, entre los años 2006 y 2009, en Rosario.
Gana premios en diferentes oportunidades en Salones del Museo Castagnino+macro, Fundación Proa, Centro Cultural Borges y MPBA R. Galisteo de Rodríguez. También es premiado en el Barrio Joven ArteBa edición 2008.
Su obra la vendió Florencia Braga Menendez (Buenos Aires) y la vende la galería Diego Obligado, de Rosario y galería AG de Santa Fe.
Expuso individualmente en el Centro Cultural Borges (Buenos Aires, 2007), Museo MACRO (Rosario, 2009),  Galeria Agalma (Buenos Aires, 2011) y Centro Experimental del Color (Santa Fe, 2015).
Participa de cursos de gestión de cultura en reiteradas oportunidades con personalidades como Toni Puig, residencias que brindan instituciones y clínicas de obra con diferentes artistas. Se formó en diversas actividades de gestión cultural dictadas en el Centro Cultural Parque España de Rosario entre los años 2001 y 2006.
Realiza intervenciones urbanas en espacios rurales tales como: Melincue (2008) y Alto Verde, Santa Fe (2015).
Trabaja, también, en áreas de la gastronomía y coctelería. Se especializa en cultura del té e infusiones, y en 2013 crea su propia marca: Asia Paucke.


Palabras de la artista. Su obra, su vida en Rincón.

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Mi campo de trabajo es el de la pintura y la cerámica. Vivo en la zona de Colastine-Rincón desde que nací. Me recibí en la carrera de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Rosario a los 25 años. En ese momento, decidí establecerme de manera permanente y residir en mi ciudad natal.
Mi obra se comenzó a relacionar con el Litoral de manera espontánea y sin pensarlo demasiado. Comencé a recrear escenarios cotidianos de objetos y situaciones domésticas del entorno de mi casa. Desde una abstracción narrativa, como lenguaje, busco el barroco colonial, llevo mucho del arte popular latinoamericano y la ilustración contemporánea.

Artista de la costa.

Exploré la sensibilidad de la zona exponiéndome a viajes breves a lugares perdidos, donde a nadie le interesa llegar porque no hay cartel que lo indicara o prohíba. Encontré recorridos propios y situaciones únicas que para mí, aún hoy, son gran parte de mi imaginario simbólico. Superé miedos que en la naturaleza litoraleña conviven con su topografía, ya que salirse de los caminos que todo el mundo usa despierta nuevos encuentros con la misma.
Igual con el río; comprendí que su fuerza es incierta y no tiene un solo sentido, me hizo respetarlo y entenderlo: solo tenía que relajar mi cuerpo y mis pensamientos, para no acalambrar mis músculos,  y así recibir su fuerza sin poner una resistencia, disfrutando de momentos inolvidables en su caudal.
Los paseos por caminos de casas solas, la idea de su permanencia y su abandono, donde lo vegetal va ganando su protagonismo, las puertas que siempre están abiertas como bocas embalsamadas, los lugares que se transforman en estampitas del abandono, donde un yuyo ya se hizo árbol y es el personaje del primer plano de la escena.
La pregunta de por qué el arte del Litoral está lleno de animales, de acentos naturalistas, de discursos inundados y trapos sobre trapos sobre trapos. Es una constante. Sin embargo, hay brillo histórico en décadas pasadas que todavía arrima sus tesoros a mi orilla conceptual. A veces en pinturas, a veces escuchando un poeta o simplemente aprendiendo, esas raras palabras que solo el costero sabe. No es exotismo, es una realidad tan austera que habla más bajito que el bochinche que somos llegando desde la ciudad.
Entre mi obra y el lugar de residencia se generaron relaciones que fueron sucediendo con el devenir de mi vida. Una radio costera sonando todo el día, el buen jazz haciendo su compañía, cocinar en el medio de la naturaleza y hacer cerámica en el comedor. Son cosas que lograron que las disciplinas entren en comunicación de saberes y técnicas.
Sobre las particularidades del lugar, los veranos extremadamente calurosos hacen que todo se revele en excitación, en esa tranquilidad hay mil seres a mí alrededor haciendo su gracia como comportamiento natural: las cotorras, los mosquitos, las chicharras, las ranas y los perros aullando de noche como un concierto de cumbia colombiana. Es la magia de los días que pasan.
A veces es tanta la temperatura, que el lugar solo invita a reposar en la sombra, a comer sandía y bañarse con agua de bomba. No hay que pedirle más al día. Suceden mil cosas en ese estado de supuesta calma. El silencio propio, se llena como un vacío. En donde para muchos hay nada, se levanta una orquesta de grillos, una fiesta de vecinos y un exceso de situaciones anfibias de un charco al lado de la ventana.
Es esa densidad apretujada de lo pictórico, donde genero mis representaciones. Exhibiendo a la luz toda esa intensidad que encuentro en lo tupido del ambiente, lo bucólico de las madrugadas de niebla vegetal y lo intenso de una plaga devorando un árbol exageradamente cargado de fruta.
Tengo recuerdos de mi abuelo Antonino, que era poeta y tallador de madera en sus ratos libres. El invitaba a sus amigos artistas a almorzar y en la sobremesa aparecían cuadernos de bitácoras, sets de acuarelas y algunos grafitos. De a poco la tarde pasaba y, entre mates y pastafrolas, la expresión dejaba su rastro por todos los lugares del comedor. Caminos de sauces, canoas, miradas de mujer, aves y casitas rinconeras. Para dar ejemplos.
Con 5 años de edad, tuve mi primer banco de madera, con el que me sentaba en su taller a dibujar y escribir con las consignas que él me daba.  Pasando  tardes enteras de largas horas viendo la madera de palosanto ganar silueta. Considero que hay un relato común en la historia de los que estuvieron por estos caminos, y es interesante recorrerlo y continuarlo. Hoy, no solo conservo el banco, sino que también utilicé ese taller como propio. Hoy existen colores y sombras que son parte de mí, silencios y ruidos tan característicos así como el perfume del río o el pescado que cocino al horno y que como con mis manos.
La vida de quinta también es una conexión directa con la naturaleza: hacer la huerta, mantener frutales, criar patos, garzas, pavos reales, gallinas y mascotas, que con  gracia transformaron el devenir de una profunda expresión de lo ordinario y cotidiano en algo maravilloso para mí. El día que me promete situaciones que están lejanas de lo mental de la ciudad. Un espejo de agua hecho en cemento se transforma en mi televisor, donde mis mascotas y las aves silvestres del lugar vienen a visitarme. Pensaba que mi gallo Evaristo no me reconocía hasta que me lo hizo saber con su afecto y sus modales.
Me gusta cuando llega la tarde, y en los naranjos, las gallinas se van a dormir a sus ramas, un pavo anuncia las horas del día desde el pico del árbol más alto y  la garza lagunera me agradece las grasas del bife y salta sin parar chapoteando en lo oscuro. He visto el lago de los cisnes, interpretado por tacuaras, zorzales y las infaltables calandrias. La magia de hacer tallarines rancios para el gallinero es la misma que muchas veces reina en las familias que se juntan un domingo a compartir un momento.
En forma contemporánea a este baño de naturaleza litoraleña, concurrí al taller de cerámica del barrio La Guardia, durante 5 años, donde los saberes aprendidos son todos prehispánicos. Me hicieron respirar la historia de mi lugar, su flora y su fauna y entender que el marrón dominante no es un color aburrido, sino la piel de nuestra memoria.
Encontré un halo diferente en las producciones locales: en mi casa, la de amigos y en quintas de la zona, donde existe una variedad de expresiones colgadas y exhibidas hechas por artistas y artesanos santafesinos como algo normal, comedores que son pequeños museos con cacharros de bocas de sapo cancionero.
Sobre el aparador, exploro la carga de un souvenir que en su pequeñez deja la marca de un monumento de años ya que nadie lo va a mover ni quitar porque constituye un sentido en su acto de inutilidad en ese lugar asignado. Serán recuerdos, un afecto o simplemente belleza; su permanencia relata un discurso. Aprovecho ese lenguaje y lo exagero. La carga del decorado, la tradición y la herencia de un patrimonio sencillo dice más que el exceso de ofertas de cambiarlo. Nos revela.
A un futuro, donde este relato que decidí escribirlo con mis pasos, muchas veces hacia la nada. Escucho las vasijas que encuentro como caracoles de mar, ser profeta de mi tierra para quemar mis propios tronquitos lejanos. Anclando mis versos de zamba brasilera por calles de arena, hice un mapa de afectos, amigos y personajes de la zona. El tesoro de todo esto quizás sea una cocina, unos libros y mucho arte. Me gusta cuando alguien hace una pausa, sonríe, y busca algo en la alacena. Serán unos versos, un dulce de guayaba o un tesoro desconocido. La magia de las repisas, los magos que usan repasadores.

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PD: Un día, me perdí remando en un brazo del Ubajay, ahí estaba Monet, mirando camalotes florecidos.

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OTROS TEXTOS

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Primavera barroca.

El arte de José Ignacio Pfaffen florece en las orillas del Riacho Santa Fe, cerca del barrio La Guardia, donde una escuela de cerámica preserva la tradición del arte precolombino. Con su exuberancia ornamental y su barroquismo excesivo, sus densamente estetizados conjuntos florales, se propagan incesantes.
Cada obra está poblada de energías, tensiones y contrastes. Las flores, ajenas a cualquier afán taxonómico, ostentan el frondoso artificio de su origen barroco y sus proliferaciones formales engendran una dinámica que satura el espacio de los cuadros. El color acompaña y potencia el exceso.
Cada obra tiene un fin en sí misma, se agota en su propia belleza, como una pura abstracción. La profusión de las formas y la reiteración rítmica del motivo hace que la figuración tienda a desvanecerse.
La meta de los gestos poéticos de Pfaffen reside en el placer que depara pintar y en la felicidad que supone contemplar.
Las flores primaverales como tema y recurso pictórico, nos imponen su poderosa y llamativa presencia, y no nos exigen otro esfuerzo más que echar a vagabundear la mirada y dejarse embargar por sensaciones voluptuosas.

Ana Martínez Quijano
Diario Ámbito Financiero. 28 de septiembre 2010.
Exposición individual “Primavera Barroca”. Agalma Arte. Buenos Aires. 2010.

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Días pavos.

Reales son los reinos de los jardines de Pfaffen.
Una garza negra toma agua en una fuente de cemento al estilo de un falso irupé.
¿Serán las hojas de esa liana infinita el fruto de aquel frijol plantado con tanto esmero?

La obra de José Ignacio Pfaffen no tiene nada que ver con eso.
Ni frijoles saltarines ni días de pavos reales.

Un día de mucho calor y camino a la vera del río, él me lo dijo.
Su mayor secreto.
Fue tan intrigante el modo, que no pude ni creerlo.
Tan así que hasta las pininas se refugiaron en sus nidos.

De cabo a rabo y a lo lejos una camioneta roja y él.
Tan verde y tan anaranjado en su pecho.

Será la luz del río?
Pienso y repito.

 

Carlos Herrera
Exposición individual “Fresco y Dulce”. Centro Cultural Borges. Buenos Aires. 2007.


Obras
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